LOS INVISIBLES INVENCIBLES

mar/25/2008





Toda historia tiene un comienzo y un final. Mi historia inicia una noche en que, por el abuso de las actividades cotidianas me encuentro sin nada qué hacer. La apacible ciudad histórica me invita a realizar un recorrido por sus entrañas, procurando apaciguar mi desconocimiento en alguna de sus áreas.




Tras un largo recorrido, la necesidad de un descanso me invita a sentarme en una de las bancas de la Plaza de Bolívar -admirable obra destinada a rendir un homenaje al libertador-. A medida que el tiempo avanza y la noche se hace más densa, las transformaciones de la plaza son grandes. De los visitantes y turistas que la colman a tempranas horas, este sitio se convierte en refugio de desprotegidos en la larga noche cartagenera. Sus habitantes nocturnos no son el producto de un plácido descanso, ni mucho menos de la necesidad de conocer obras de la heróica. Su estancia es obligatoria por la necesidad de un espacio para trabajar o en el peor de los casos, un espacio para medio dormir.




Las quejas son constantes y las múltiples solicitudes de “algo de dinero” son tan amplias como los habitantes de la noche. Duele conocer sus historias, sus desventuras -todo al calor de interminables cigarrilos y tintos- que, de alguna forma, hacen más vivible lo invivible. Hombres y mujeres en desgracia. Seres a quienes la vida solo brinda desdichas y dificultades. Personas que hacen de esta plaza histórica su propia historia.




Avanza la noche y con ella, las esperanzas de un mañana mejor. Los secretos de sus habitantes se quedan por siempre encerrados en el corazón de la ciudad. Solo aquellos que se atreven a indagar sobre las historias reales de estos seres, podrán conocer su realidad.




Los tintos y cigarrillos se hacen más amargos. La soledad y el dolor enternecen hasta al más fuerte. Son las noches de la heróica; es el desconocimiento de la ciudad y sus habitanes. Es el drama de los habitantes de la plaza de Bolívar. Cuanta pobreza en medio de tanta riqueza; cuanta soledad en medio de tanta gente. Qué ironías de la vida.




El sueño me invade; el ambiente se apodera de mi y me sumerjo en la vida de aquellos con quienes hablo. Me siento incluso como uno de ellos; pero la realidad es otra. Debo partir, mi recorrido llega a su fin. Nuevamente me entrego a mi cotidianidad, con la certeza de conocer algo más de la ciudad y su gente, pero con la impotencia de no poder hacer mucho por ellos, los invisibles invencibles


por: Carlos Florez Ramirez

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